Nunca se me van a olvidar las palabras que me compartió un compañero cuando me estaba transmitiendo el mensaje: “Si te quedas con nosotros, algo mágico sucederá en tu vida”. Es obvio que en esos momentos no entendía lo que me quería decir. Yo era un individuo que no estaba satisfecho con nada; no me aceptaba como era, insatisfecho con lo que tenía, incapaz de poder conquistar el amor de una mujer, y pensar terminar una carrera profesional, lo veía como un sueño muy remoto; en esos momentos lo único que me interesaba era la satisfacción egoísta de mis deseos personales. Decía que amaba a los demás, y en especial a mi familia, cuando mi actitud mostraba lo contrario.
Pienso que un alcohólico, como yo, no midió consecuencias en la actividad alcohólica, por eso, no había lugar, tiempo o situación que no fueran utilizadas como pretextos para empezar a beber: en el trabajo, la escuela, los amigos, las fiestas o solo, me incitaban a desbordar el gusto por la bebida. Por eso, siempre anduve en lugares extraños por la búsqueda de mi propia satisfacción.
En esos momentos no me interesaba nada, sólo yo. Las fugas geográficas eran frecuentes en ese afán de huir de mí mismo. Mis últimas borracheras me mostraban la desesperación por querer librarme de esa esclavitud, pero no sabía cómo. El sin sentido a la vida, las lagunas mentales y los remordimientos de conciencia me hacían sospechar que algo no andaba bien, por eso, fui de los alcohólicos que llegaron a pensar que el suicidio era la mejor solución. Con esto comprobé que el alcoholismo es una enfermedad progresiva, pues no terminé como inicié. Al inicio de mi carrera alcohólica desfruté del beber alcohol, pero el final se estaba volviendo dramático e insoportable.
Con las experiencias de mis compañeros, llegué a concientizar mi problema con el alcohol. Aquí es cuando acepté mi primer paso de recuperación, en lo que respecta a la aceptación, no así en lo referente a la rendición que necesita un alcohólico como yo, al dejar que algo superior a mí controle y guíe mi vida. Ésta fue la parte más complicada del Primer Paso, y que me costó mucho trabajo.
No me fue sencillo dejar que Dios, como hoy lo concibo, penetrara en mi vida. Todavía tenía prejuicios sobre el asunto de Dios. Pensaba que la fe sólo era un producto de la ignorancia y me envanecía pensando que yo no la tenía. Mientras tanto, seguía con la idea de que yo solo, resolvería los problemas, y qué equivocado estaba. Por mi negligencia, me volví a sumir en la melancolía de la vida, pese a que ya tenía cuatro años de supuesta “sobriedad”. Por algo dice la literatura: “Que oscuro es todo antes del amanecer”. Empecé a descubrir que no valía la pena dejar de beber, cuando el sufrimiento interno no permite estar tranquilo con uno mismo. Sin fe, todo lo que haga será construido en arena, y tarde o temprano se derrumbará. ¿Qué es lo que hace sufrir a un alcohólico ya estado en un grupo? La respuesta es sencilla, ¡la falta de fe! Así me sentía yo. Por algo, Sam Shoemaker dice: “El alcohólico es un ser autodestructivo... la obsesión por la deshonestidad, los placeres sexuales, el poder, prestigio y dinero, hacen que pierda el rumbo”.
No me daba cuenta que a lo único que me invita el programa es al experimento de la fe, y no estaba experimentando nada; sólo dejar de beber. Mi ego no se había reducido gran cosa y andaba mal. Aprendí que un alcohólico sufre cuando se mete en el terreno de Dios, y yo sufría mucho. Pensaba que tenía fe, pero seguí haciendo mi voluntad. Siempre tuve un concepto erróneo de la voluntad de Dios. Pensaba que ésta debería ser a mi favor, positiva y afirmativa, porque cuando era en contra y negativa, no la aceptaba.
Hoy he aprendido que la voluntad de Dios es muy misteriosa. Ya sea a favor o en contra de mi voluntad, he reconocido que Él sabe por qué hace las cosas. Que cuando siento que éstas son en mi contra, es porque mi ego quiere asumir su papel y necesita ser aplacado. Así como cuando me da gusto que las cosas salen bien, el sentimiento debe ser el mismo cuando sucede lo contrario. Todo se hace por voluntad de Dios. Mi encuentro con Él ha sido complicado, pero muy fructífero en mi persona. Con esto no quiero decirles que soy el alcohólico perfecto, lo único que sé, es que me siento mejor conmigo mismo. Él es el amo y me da todo lo que necesito para vivir: no me ha dado una carga tan pesada que yo no pueda soportar. Muchas gracias.
Con la experiencia anterior, queremos mostrar que es cierto lo que menciona el Quinto Capítulo del Libro AA: “Nuestros historiales reflejan lo que éramos, lo que nos aconteció y lo que somos hoy”. Esperamos que esto sirva de orientación en la elaboración de sus escritos.
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